SOBRE EL SUELO URBANO


En el Paraguay el suelo está librado al libre juego del mercado. Son los agentes inmobiliarios los que definen el uso del suelo, secundados por las municipalidades que responden favorablemente a las propuestas de nuevos loteamientos. No hay barreras a la urbanización.


Básicamente, el uso del suelo está desregulado: el juego mercantil refuerza la distribución inequitativa de las oportunidades y favorece una distribución de ingresos aún más desigual. Crecientes sectores de la población tienen muy baja accesibilidad al suelo barato, bien ubicado y servido, tanto para la vivienda como para los demás usos.

 

 


De rural a urbano: un gran negocio
La conversión del área rural en urbana agrega una enorme plusvalía al suelo, al convertirlo de un factor de producción en una mercancía. El inversionista inmobiliario compra tierra rural pagándola por hectárea. Una vez catalogada como suelo urbano, la tierra se cotiza por metro cuadrado, aumentando su valor decenas de veces.
Una hectárea rural pagada, por ejemplo, 5 millones de guaraníes, una vez loteada, puede venderse por 375 millones. Es decir que, con la sola modificación del uso, el inversionista obtiene un bien cuyo valor es 75 veces superior (suponiendo que venda cada lote a 15 millones de guaraníes). Ninguna otra inversión legal arroja semejantes dividendos ni encara riesgos tan bajos.
La condición de suelo urbano implica la extensión de la infraestructura vial, de los servicios de energía eléctrica, agua potable, transporte público, salud, educación, que son proveídos por la sociedad, a través del Estado. El propietario recibe un aporte de toda la sociedad para generar una rentabilidad que le produce un beneficio individual. En la medida que el loteamiento se transforme en barrio, esté bordeado por avenidas, mejore la infraestructura, se instalen equipamientos urbanos importantes, el suelo seguirá aumentando su valor. Por ejemplo, hoy un lote en el barrio de las Carmelitas cuesta 30 veces más que uno de igual dimensión en el Barrio Republicano y, probablemente, 150 veces más de lo que costaba en 1970.

Una paradoja: se castiga el trabajo y se premia la especulación
El impuesto inmobiliario grava más la construcción que el suelo urbano. Cuanto mayor sea la cantidad de metros cuadrados construidos, mayor será el monto del impuesto inmobiliario que el propietario pagará.
Sin embargo, la construcción genera una flujo económico como no lo hace el suelo per se. La construcción mueve mano de obra y producción de materiales, los edificios requieren mantenimiento y se deprecian con el tiempo, mientras el suelo puede seguir aumentando su valor. En efecto, si se deja de invertir en el mantenimiento de una casa construida hace 40 años, ubicada, por ejemplo, en el barrio Los Laureles, el deterioro físico le hará perder valor de mercado; pero el terreno tendrá un valor en mucho superior al que tenía cuatro décadas atrás.
Por tanto, es injusto gravar más la construcción que el suelo urbano, ya que éste genera plusvalía sin inversión privada y con fuerte inversión social, al revés de cuanto ocurre con la construcción.

Mabel Causarano

 

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